Cada verano repetimos el ritual: cifras récord de visitantes, titulares optimistas y la sensación de que la economía valenciana va bien. El turismo importa, genera empleo y llena caja. Pero conviene no confundir actividad con desarrollo.
El empleo turístico es, en promedio, más estacional y peor remunerado que el industrial. Un territorio que apuesta solo por el sol acaba con una estructura productiva frágil: muy sensible al ciclo, poco intensiva en conocimiento y con escasa capacidad de retener talento cualificado.
La logística como ventaja real
El puerto de Valencia es el primer puerto de contenedores del Mediterráneo occidental. Eso no es marketing: es una ventaja competitiva que pocos territorios europeos pueden replicar. Alrededor de esa infraestructura existe un tejido de operadores, transitarios e industria auxiliar que sostiene miles de empleos estables.
Un contenedor que solo pasa por aquí deja peaje. Un contenedor que aquí se transforma deja salarios.
Tres decisiones pendientes
Primero, suelo industrial disponible y tramitado: no hay inversión que espere tres años por una licencia. Segundo, formación profesional conectada con las empresas del entorno, no con el catálogo de hace veinte años. Tercero, energía competitiva, porque ninguna industria electrointensiva se instala donde la factura es imprevisible.
Nada de esto es ideológico. Son condiciones materiales. Y quien las garantice, gobierne quien gobierne, habrá hecho más por el empleo valenciano que una década de declaraciones institucionales.


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