Cada vez que visito una empresa industrial escucho la misma frase: no encontramos gente cualificada. Y cada vez que visito un centro de formación escucho la contraria: nuestros alumnos no encuentran prácticas de calidad. Ambas cosas son ciertas a la vez, y esa contradicción tiene solución.
La formación profesional arrastra un prejuicio de décadas: se consideró durante mucho tiempo la vía de quienes no servían para estudiar. Ese estigma nos ha costado una generación de técnicos que hoy harían falta en el taller, en el laboratorio y en la planta.
Lo que funciona en otros sitios
El modelo dual alemán no es magia: es coordinación. La empresa participa en el diseño del temario, acoge al alumno durante una parte sustancial del ciclo y lo contrata con frecuencia al terminar. El centro no compite con la empresa: colabora con ella.
Ningún país ha resuelto su problema industrial sin resolver antes su problema formativo.
Tres cambios concretos
Actualizar los ciclos con las empresas del entorno y no desde un despacho central. Dignificar la figura del tutor de empresa, que hoy asume esa tarea sin reconocimiento ni tiempo. Y publicar datos de inserción laboral por ciclo y por centro, para que las familias elijan con información real.
Nada de esto exige una ley nueva ni un gran acuerdo nacional. Exige constancia y voluntad de sentar en la misma mesa a quien forma y a quien contrata.


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