Llevo tiempo haciéndome una pregunta: ¿qué está pasando con el comercio de proximidad?
No hablo únicamente de números, estadísticas o porcentajes. Hablo de lo que vemos cada día cuando caminamos por nuestras calles. Persianas que ya no vuelven a levantarse, negocios de toda la vida que desaparecen, locales que permanecen meses vacíos y comerciantes que, después de muchos años detrás de un mostrador, empiezan a preguntarse si realmente merece la pena continuar.
Y creo que deberíamos hablar de ello.
Porque el comercio de proximidad en la Comunitat Valenciana está atravesando un momento complicado. No creo que podamos decir que esté condenado a desaparecer, pero tampoco podemos mirar hacia otro lado y pensar que todo funciona como antes.
Porque ya no funciona como antes.
El consumidor ha cambiado.
Hoy podemos comparar precios desde el teléfono en cuestión de segundos. Podemos comprar un producto a las once de la noche y recibirlo al día siguiente en nuestra casa. Tenemos grandes superficies, plataformas digitales y cadenas capaces de realizar campañas y descuentos con los que un pequeño establecimiento difícilmente puede competir.
Pero hay algo que me preocupa incluso más que esa competencia: nos estamos acostumbrando a vivir sin comercio en nuestras calles.
Cuando cierra una ferretería, una tienda de ropa, una zapatería, una carnicería o cualquier pequeño establecimiento, podemos pensar que simplemente ha cerrado un negocio.
Pero no es solamente eso.
Se apaga un escaparate.
Hay una persiana más bajada.
Hay menos gente caminando por esa calle.
El establecimiento de al lado recibe menos visitas.
Y poco a poco una calle comercial puede convertirse simplemente en una calle de paso.
Ese es, para mí, uno de los grandes problemas que tenemos por delante.
Facturar no significa ganar dinero
Hay otra realidad de la que pocas veces hablamos.
Escuchamos que el consumo aumenta o que la facturación del comercio se mantiene y automáticamente pensamos que los negocios funcionan bien.
Pero quienes conocen un pequeño comercio saben perfectamente que facturar más no significa necesariamente ganar más.
Han aumentado muchos costes. Proveedores, salarios, seguros, suministros, transporte, impuestos y multitud de pequeños gastos que, sumados, terminan teniendo un peso enorme.
Un comercio puede vender prácticamente lo mismo que hace unos años y encontrarse, al terminar el mes, con bastante menos dinero.
Y una gran empresa puede soportar determinados periodos de menor rentabilidad.
Un pequeño comercio muchas veces no.
Detrás suele haber un autónomo, una familia o una pequeña empresa que depende directamente de que cada mes salgan las cuentas.
También tenemos que hacer autocrítica
Pero tampoco creo que toda la responsabilidad sea de Internet, de las grandes superficies o de las administraciones.
Los comerciantes también tenemos que preguntarnos qué podemos hacer mejor.
No podemos pretender vender en 2026 exactamente igual que vendíamos hace veinte años.
El comercio de proximidad tiene que modernizarse.
Tenemos que utilizar las redes sociales, WhatsApp, Internet y todas las herramientas que tengamos disponibles. Tenemos que cuidar nuestros escaparates, mejorar nuestros establecimientos, especializarnos y, sobre todo, ofrecer algo que una plataforma digital difícilmente podrá ofrecer.
Conocer al cliente.
Escucharlo.
Asesorarlo.
Solucionarle un problema.
Y conseguir que cuando necesite algo piense primero en nosotros.
Porque posiblemente el futuro del pequeño comercio no esté en competir por ser el más barato.
Estará en conseguir ser el más cercano, el más especializado y el que mejor servicio ofrece.
Pero el consumidor también decide qué ciudad quiere
Y aquí creo que todos tenemos una pequeña responsabilidad.
Queremos calles llenas.
Queremos escaparates iluminados.
Queremos tener una tienda cerca cuando necesitamos algo urgentemente.
Queremos pueblos y ciudades con vida.
Pero para que todo eso exista, también tenemos que utilizarlo.
No digo que tengamos que comprar absolutamente todo en el pequeño comercio. Sería absurdo. Todos compramos alguna vez por Internet o acudimos a una gran superficie.
La cuestión es otra.
Cuando tengamos la posibilidad de comprar algo en nuestro pueblo, en nuestro barrio o en nuestra ciudad, quizá deberíamos preguntarnos si merece la pena hacerlo.
Porque cada compra es pequeña individualmente.
Pero miles de pequeñas decisiones terminan determinando cómo serán nuestras calles dentro de diez años.
¿Qué comercio dejaremos a nuestros hijos?
Esta es la pregunta que realmente me preocupa.
No sé cómo será el comercio dentro de diez o quince años.
Seguramente será diferente.
Habrá más tecnología, más venta online, establecimientos más especializados y nuevas formas de comprar que hoy ni siquiera imaginamos.
Pero espero que dentro de ese futuro siga existiendo espacio para bajar de casa, caminar por nuestras calles, entrar en una tienda, saludar a quien está detrás del mostrador y comprar aquello que necesitamos.
Porque un comercio no es solamente un lugar donde se venden cosas.
También forma parte de la vida de un barrio, de un pueblo y de una ciudad.
Y cuando desaparece, recuperar esa vida comercial después puede ser muchísimo más difícil de lo que pensamos.
Quizá todavía estamos a tiempo de preguntarnos algo muy sencillo:
¿Queremos ciudades llenas de comercios o ciudades llenas de persianas bajadas?
La respuesta no depende únicamente de los comerciantes.
Depende de todos.
Jorge Navarro
El comercio de proximidad: ¿hacia dónde vamos?


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