Pocas ciudades de este tamaño pueden decir lo que puede decir Llíria: dos sociedades musicales centenarias, cientos de músicos formados aquí tocando por toda Europa y una vida cultural que no depende de subvenciones extraordinarias sino de voluntarios que ensayan cada semana.
La UNESCO reconoció la tradición de las sociedades musicales valencianas por algo. No es folclore: es una infraestructura educativa que ha enseñado solfeo, disciplina y trabajo en equipo a varias generaciones mucho antes de que estas palabras aparecieran en los planes de estudio.
El riesgo de darlo por hecho
Lo que funciona solo tiende a recibir menos atención. Las bandas han sobrevivido a guerras, crisis y cambios de gobierno con un modelo económico frágil: cuotas, conciertos y el esfuerzo de familias que pagan clases y compran instrumentos.
El patrimonio inmaterial no se cae de golpe como un edificio. Se apaga despacio, cuando una generación deja de relevar a la anterior.
Sostenerlo cuesta bastante menos que recuperarlo. Y para un pueblo que ha hecho de la música su seña de identidad, sería una ironía amarga descubrirlo tarde.


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