Cada pocos meses aparece un plan contra la despoblación con nombre evocador y presupuesto modesto. Se presenta en rueda de prensa, se reparte en folletos y se archiva. Mientras tanto, la comarca sigue perdiendo vecinos jóvenes por razones que nadie discute en privado.
Una familia no decide dónde vive por una campaña institucional. Decide por tres cosas concretas: si hay trabajo o conexión suficiente para teletrabajar, si el colegio del pueblo seguirá abierto y si hay atención médica razonablemente cerca.
Lo que sí funciona
Fibra óptica real, no cobertura sobre el papel. Mantener la escuela rural aunque el ratio no cuadre en la hoja de cálculo, porque cerrarla es firmar el acta de defunción del pueblo. Y consultorios con horario estable, no con un médico distinto cada semana.
Ningún pueblo se vació por falta de paisaje. Se vació por falta de servicios.
Es más caro sostener un pueblo vivo que dejarlo morir, si solo miramos el ejercicio presupuestario. Si miramos a veinte años, el cálculo se invierte: el territorio abandonado también cuesta, y lo pagamos todos en incendios, en infraestructuras infrautilizadas y en ciudades saturadas.


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